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Edición número: 7643
Noticias para la comunidad hispanohablante

La historia del homeless samaritano


por Mikel Amigot

20/11/2018


(Nueva York, 20 Noviembre 2018)

Una fría noche de noviembre de 2017, una joven de New Jersey, Kate McClure, quedó atrapada en su coche mientras regresaba a casa. Se quedó sin gasolina en una rampa de acceso a la interestatal 95 en Filadelfia. Un homeless la vió y acudió a socorrerla. Le ofreció sus últimos 20 dólares. No quedó ahí su gesto caritativo. El desamparado, llamado Jonny Bobbit Jr., de pasado militar, se acercó a una gasolinera y compró combustible mientras la desolada chica aguardaba en el vehículo.

Al llegar a casa, Kate, decidió junto a su esposo Mark, hacer algo por aquel providencial homeless, de quien había conservado una expresiva foto [arriba]. Abrió en el website GoFundMe una campaña viral para recaudar dinero en apoyo a aquel ángel. La gente contribuyó con más de 402.000 dólares. Cualquiera en EE.UU. puede acabar tirado en la calle, pero, además, cuando la víctima es un veterano que actúa como un buen samaritano, es imposible no conmoverse.

Sólo un problema: esta feel-good story es totalmente falsa. Una estafa urdida por tres pájaros con el objetivo de levantar dinero. La semana pasada el fiscal de Burlington County, en New Jersey, compareció ante los medios y reveló el fraude. Los estafadores se estaban gastando el dinero en viajes, casinos, bolsos de lujo y un BMW. Ahora hacen frente a un delito de crimen en segundo grado, penado con hasta 10 años de cárcel.

La historia ha tenido gran eco en los medios del país, y la indignación es épica. El americano medio es inocente y caritativo, pero, ay, si  se le miente. Como país de raíces puritanas, casi todo lo entiende menos el embuste; especialmente, cuando el objetivo es el dinero. Aquí se inventaron y perfeccionaron las estafas piramidales y los Ponzi schemes. Proliferan las películas y series sobre hustlers, o estafadores, como Billonaires Boys Club, American Hustle o American Greed. Es un reflejo de que abundan.

Desde pequeño, el estadounidense es entrenado para ocultar emociones e intenciones, y presentar, y vender, sus ideas. En este contexto de competencia, el sinvergüenza ha de ser muy profesional. No basta con ser un pícaro del Tormes o un trilero de Sevilla. Hace falta buena planificación, y codicia, y, en esta era web, eso que llaman ingeniería social

Mikel Amigot  
Cronista, Educador  

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