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Educacin infantil


por Mikel Amigot

09/02/2018


(Nueva York, 9 Febrero 2018)

España pasa por ser la nación más moderna y tolerante del planeta, con la posibilidad de elegir entre multiplicidad de géneros y tipos de matrimonios, pero a la hora de la verdad le traiciona el subconsciente y la genética ancestral. Hablamos de una costumbre con la que alucinan los americanos y occidentales en general, cual es perforar los lóbulos de las orejas de los recién nacidos para ponerles pendientes –o aretes, como dicen los hispanos de aquí. Así, las niñas salen de fabrica marcadas como tales. Con una inmensa ventaja para el familiar o amigo que puede exclamar sin miedo al ridículo: ¡qué niña más rica!

Un momento, ¿no es así en todo el mundo?

Esto es una peculiaridad Spanish, que los progenitores anglos consideran atroz, como si fuera una iniciación tribal amazónica. "Spanish baby girls all have their ears pierced", advierten con alarma en los manuales de parenting dirigidos a embarazadas yanquees que han aterrizado en la exótica España. 

Las niñas estadounidenses sufren años tortuosos hasta que los procreadores dan la autorización para que se perforen las orejas. Lo normal es esperar hasta los doce años. En España no se duda; el cartílago lobular se horada en el mismo hospital. Por una vez, los prácticos somos nosotros: la fémina no sufre de mayor, la mamá evita vestirla todos los días de rosa y, al menos, hasta que tome clases de "educación para la ciudadanía" no sufrirá trastornos psicológicos ni dudará de su género. Ya después de los 16 puede descubrir su identidad "trans" o escoger entre un amplio catálogo de inclinaciones, a cual más progre.  

No termina ahí el cultural clash entre España y el planeta. 

Uno de los hábitos patrios más curiosos es que no hay una hora fija para acostar a los infantes, y menos en verano. En EE.UU. y el norte de Europa los papás actúan como sargentos germanos, y establecen una hora, no más tarde las 7pm, para el baño y la cama. Así incluso pueden llamar a una babysitter –lo que antes se denominaba niñera– para poder salir por a cenar o lo que de manera muy cursi se llama adult time. En la piel de toro no rige esta práctica rotenmeiller

Cuántas veces vemos a los niños en el carrito o silleta después de la diez de la noche berreando en las terrazas de verano mientras los progenitores se solazan con los amigos. Se menea un poco un carrito y listo. Así los niños se hacen a nuestra cultura de calle. Un anglosajón duda, entretanto, si debe llamar o no a la policía por maltrato infantil. 

¿Qué más cosas insólitas hacen las mamás españolas? Por ejemplo, llevar a los niños vestidos de domingo en todo momento. Ah, y los hermanitos vestidos igual. Van ideales. Uno observa a los infantes en EE.UU. y son los contrario: parecen seres abandonados, hijos de homeless. Por no decir que van medio descalzos, sin abrigar y una colección del lamparones y ropa de saldo que ni los gitanos de la peor barriada de España. Alguien explicará que estos niños modelo españoles, propios de revista Ser Padres, son el resultado de las mamás jugando a las muñecas. 

Por si no acabará ahí la humillación anglo, los bebés españoles van perfumados de arriba abajo. A los anglos les basta con el baño. En EE.UU. la colonia para niños no existe.

Y pensaríamos que nuestros babies son educados para realeza y surtir las casas monárquicas del planeta si no escucháramos como hablan, pues algunos saben jurar en arameo. Lo cual hace a procreadores y familiares partirse de la risa. Una criatura diciendo "joder, mamá" llevaría en los países de la reforma a buscar consejo psiquiátrico. En España, los niños repiten lo que oyen a los papás, y mientras no se pasen en las revelaciones resultan simpáticos. 

Hay, por último, otras rutinas que en el mundo anglo son directamente penales. En Greenwich, Connecticut, donde reside este cronista, hemos de advertir a las madres españolas expatriadas recién llegadas que eso de "dejar un momentito" a los niños encerrados dentro del coche mientras se termina una compra, se tipifica aquí como un delito, pudiéndose incluso perderse la custodia.

En definitiva, España, también en cuestión de educación infantil, vive feliz en su propia burbuja. Que cambien ellos. 

 

Mikel Amigot  
Cronista, Educador  

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