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Edición número: 7580
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Ser socialista hoy


por Mikel Amigot

05/02/2018


(Nueva York, 6 Febrero 2018)

La doctrina y práctica del socialismo extremo, esto es, el comunismo, es noticia estas semanas en España a raíz del libro exitoso "Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos", escrito por el muy influyente locutor radiofónico, escritor y empresario de medios Federico Jiménez Losantos. En EE.UU. el debate sobre esta ideología criminal, que ha causado más de 100 millones de muertos, fue más candente en otoño 2017, con motivo del centenario de su puesta en marcha. En realidad, el análisis sobre el comunismo y socialismo debería estar más presente, dado que en Occidente todavía numerosos partidos siguen enarbolando esta bandera maligna, al tiempo que en algunos otros países, como Venezuela o Corea del Norte, generan hambruna y privación de derechos esenciales. 

El comunismo y el socialismo constituyen una de las mayores catástrofes de la historia de la humanidad. Son la plasmacion desgraciada de convicciones ideológicas que se alejan, o niegan, la verdad revelada por el hijo del Creador, plasmada en su madre y continuada por los santos.

El problema de base es que el comunismo inculca un falso humanismo en pro de la defensa de los débiles y del interés general de la sociedad. Se trata de un humanismo fraudulento al arrancar de una concepción errónea de la naturaleza humana. Olvida que el hombre está hecho a imagen del Padre y del Hijo, en la promesa de la vida eterna. "Dios, dueño soberano de todas las cosas, y que tiene la bondad y el poder sin límites, no permitiría el mal en sus obras, si no fuese bastante poderoso y bastante bueno para sacar de ellas el bien," escribió San Agustín en la Ciudad de Dios. Ya en 1946 un héroe contemporáneo, Karol Wojtyla, recién ordenado, experimentó en primera persona que el comunismo –y antes el nazismo– partía de una concepción antropológica errónea. Se propuso entonces trabajar para preservar el humanismo verdadero de los Evangelios y la tradición católica. La influencia de Juan Pablo II, el testimonio contemporáneo contra la oscuridad y miseria del comunismo, daría lugar a la caída del muro de Berlín.

La cadena de eventos criminales, que acabaría infligiendo una herida casi mortal a la civilización occidental, había empezado en 1917, cuando bolcheviques armados tomaron el Palacio de Invierno en Petrogrado, hoy San Petersburgo y entonces uno de los ejes industriales de Europa. Destituyeron al zar Nicolás II y traspasaron el poder a los Soviets, formando el primer gobierno de bolcheviques y socialistas revolucionarios, con su líder Vladimir Ilich Uliánvov, alias Lenin, al frente. La Revolución Rusa de Octubre de 1917 parecía estar motivada por la abolición de la propiedad privada y su paso hacia un régimen de propiedad social. Pero el objetivo real era espiritual: implantar la ideologia marxista–leninista. Por primera vez, se crearía un estado explícitamente ateo, que se autoproclamaría infalible. Un concepto incompatible con la civilización occidental, anclada en la asunción de que existe un poder divino por encima del Estado y la sociedad. La sociedad comunista invertiría nuestro sistema de valores, hasta crear una confusión política que aún persiste a día de hoy.

En su discurso de 1920 en el Komsomol, Lenin afirmó que los comunistas sometían la moralidad a la lucha de clases. Todo era válido para destruir "la vieja sociedad explotadora" y crear la "nueva sociedad comunista". "No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos", había escrito en su Decálogo en 1913. La policía secreta de Lenin, la Cheka, empezó a asesinar a todo aquel que perteneciera a la "clase burguesa", fuera o no afín a los Soviets, igual daba.

Esta convicción, que negaba el valor universal de la vida humana, llevaría a matar a 20 millones de soviéticos. Las víctimas incluyeron 200.000 personas durante la era del Terror Rojo (1918-1922); 11 millones por causa del hambre y la desnutrición; 700.000 durante la época del Gran Terror (1937-1938); 400.000 más ejecutados entre 1929 y 1953; 1,6 millones en migraciones forzosas; y más 2,7 millones en gulags y campos de trabajos forzados.

A estos crímenes ideológicos habrían de añadirse los ocasionados por los regímenes en la Europa del Este, China, Cuba, Corea del Norte, Vietnan y Camboya. Alrededor de cien milones de muertos en el intento de crear "el hombre nuevo" en nombre de una buena causa social y económica y de un virtuoso criterio moral, que aún hoy sigue sembrando el caos intelectual. La idea del socialismo como justo modelo colectivo de propiedad, frente al injusto capitalismo que discrimina al trabajador, sigue en auge, especialmente en Europa y Latinoamérica, donde los partidos siguen denominándose socialistas, y sin que esta etiqueta se asocie al crímen y negación de la dignidad humana.

La promesa del paraíso igualitario, sin Dios, en la tierra, unida al odio a los "opresores" (que, a la menor, deben ser destruidos), sigue gozando de popularidad. En España, por ejemplo, la izquierda socialista y comunista (5 millones votaron a Podemos) sigue sintiéndose depositaria de una superioridad moral, y metafóricamente expide certificados de buena conducta.

Lo cierto es que la propiedad privada en un bien del derecho natural, mientras que la desigualdad de los seres es fruto de la sabiduría del Padre, quien, sin embargo, establece que todos ellos tienen la misma dignidad y los mismos derechos humanos. 

El libro de Jiménez Losantos radiografía bien los consecuencias del comunismo y socialismo. Pero al trazar soluciones –una: el nacionalismo liberal español, con el pueblo soberano y la Constitución como norma moral– se equivoca, por causa de su agnosticismo, al partir de la premisa de que "el hombre es malo". Liberalismo económico sin creencia cristiana –y, por tanto, sin ensalzar la dignidad humana– es fuente de injusticia. Y ello acaba dando alas a socialistas y comunistas de hoy.
 

Mikel Amigot  
CEO, IBL Education  
Columnista  

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