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Edición número: 7310
Noticias para la comunidad hispanohablante

Desorden horario


por Mikel Amigot

26/01/2018


(Nueva York, 26 Enero 2018)

Ahora que España se ha encaramado al segundo lugar en el ranking turístico mundial, desplazando a EE.UU. a la tercera posición, la posibilidad del cambio de horarios se aleja. El país de la siesta, la comida de dos horas y las cenas a las 10 de la noche está a salvo. El insólito modelo español sigue desafiando, para desesperación de reformistas, la lógica occidental.

España empieza levantando tarde la persiana, en consonancia con El Corte Inglés, que abre sus centros a las 10 de la mañana, y se acuesta después de medianoche, pues hay mucho que vivir. No falta el cafelito de media mañana, el aperitivo, la comida de dos a cuatro, la siesta, vinos y tapas antes de la cena.

No es de extrañar que los americanos a los que les cae en gracia trabajar en España hagan lo posible por establecer residencia. Sólo los turistas de paso no lo entienden. Describía un medio de noticias online neozelandés la indignación de una pareja de turistas australianos de visita en Salamanca. "Esto es de locos: a la 1:55 de la tarde hemos querido comprar en una tienda y no hemos podido; nos han dicho que hasta las 4:30 no abren. Tenemos dinero para gastar, y parece que no lo necesitan", clamaban. Estos benditos –guiris, en la acepción local– queriendo cambiar una ciudad del siglo XIII. Pueden visitar, ya que están en la zona, Segovia, Ávila o Burgos, que a esa hora serán los únicos que deambulen como marcianos por las calles. 

"El dinero no lo es todo. La siesta es una tradición. Es parte de lo que somos los españoles. Y no queremos perderlo", les explicó un paisano a estos alien oceánicos, quienes, por un momento, pensaron que esto era una costumbre del interior. En Madrid, sin embargo, una guía los aleccionó, en perfecto inglés: "We love our siestas. We are Spanish. We need them. It's a huge part of our Spanish culture". 

No sólo la siesta descoloca al turista bisoño. Los horarios de cocina de los restaurantes son otro rasgo diferencial español. No entren a un restaurante antes de las dos o después de la cuatro, que le dirán, despectivamente: la cocina está ya cerrada. "No servimos comida, a no ser que quiera usted algún bocadillo, o algo que hay en la barra". Y no vayan a cenar –y el consejo es aplicable también para los latinoamericanos con posibles– antes de las nueve de la noche. No estamos abiertos.

Pareciera que España, que obtuvo del turismo en 2017 más de 87 billones de euros, el 12 % del PIB, quisiera maltratar a los 82,6 millones de visitantes anuales. No. Estos extraños hábitos son parte del encanto, y acaban por ser adoptados sin drama. Es como ajustar el reloj biológico del jet lag. En España hay que acostumbrarse a las comidas copiosas de tres platos, con postre y café, y a tomarse la cosa de la vida con calma. No en vano los españoles tienen la expectativa de vida más alta de Europa.

Asunto diferente es si hablamos de productividad laboral y hábitos de negocio. Ahí vamos a la cola. Los peculiares horarios españoles son anti-business. Llevamos dos horas de retraso, incluso con países que parecen similares, como Italia. Ello afecta a la organización diaria de todos los ámbitos de nuestra vida: trabajo, familia, ocio. Los italianos, por ejemplo, a las 7:30 u 8:00 de la tarde ya han cenado. En España hay quien sale del trabajo a esa hora. Algunos estudiosos, como José María Fernández-Crehuet, extraen conclusiones demoledoras: "Trabajamos más horas que el resto con peor productividad y resultados; nuestros horarios son, además, un lastre para la ansiada conciliación de vida laboral y personal". 

El experto concluye que "los españoles empezamos muy mal el día: cansados y de mal humor porque nos acostamos muy tarde. Además, no desayunamos en casa y lo hacemos rápido y mal". Luego ya va toda la jornada descarrilada, con el día partido, la presencia en el trabajo hasta tarde, etcétera. Un desastre horario que se observa en el gráfico de Eurostat, arriba.

¿De donde viene esta rareza? Parece que tiene su origen en el pluriempleo, un fenómeno que arrancó durante la post-guerra. La escasez económica obligaba a los hombres –que entonces eran quienes trabajaban– a tomar dos trabajos. Así, por ejemplo, un trabajador de la banca estaba de 8 a 3, y luego por la tarde trabajaba en una gestoría de 5 a 8. La familia no comía o cenaba hasta que él llegaba a casa. Esta pauta se habría perpetuado hasta nuestros días, adaptándose a la nueva era del ocio.

Hay muchos intentos por acabar con este desordenado estilo de vida, pero no fructifican. Eso de los desayunos anglo-sajones con bacon y mil aditamentos insanos a las seis de la mañana, el lunch frente al ordenador al mediodía y la cena a las 6 para acostarse a las 9, no es muy español. Si viviéramos en Escandinavia o Minnesota tendría sentido. En España hace siempre buen tiempo, la comida es excepcional y siempre hay amigos esperando en un bar. No se alcanza el liderazgo en el turismo siguiendo las reglas.  
 

Mikel Amigot  
Columnista  

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