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Edición número: 7310
Noticias para la comunidad hispanohablante

Jan Fabre y su inframundo


por Mikel Amigot

15/01/2018



(Nueva York, 15 Enero 2018)

Se representó este viernes 12 en Madrid, con gran cobertura mediática, la obra teatral "Mount Olympus. To Glorify the Cult of Tragedy", del artista belga Jan Fabre, de 59 años. Fue una función de 24 horas contínuas, limitada a 800 asistentes, en la que 27 bailarines mostraron, a través de descarnadas bacanales, aberraciones sexuales y pornografía extrema, diversos episodios de tragedias griegas, con personajes y dioses mitológicos, dando a entender cómo era el desenfreno dionisíaco en la Grecia del siglo VI a.C. La obscena representación, que se estrenó en 2015 en Berlín y cosechó la aclamación del público en París, Viena, Belgrado, Sevilla, tuvo lugar en los Teatros del Canal, propiedad de la Comunidad de Madrid, cuya presidenta, Cristina Cifuentes, apoyó la función al considerarla un ejemplo de modernidad en las artes. 

La producción, amparada en una trama argumental con seres mitológicos como Edipo, Hecuba, Fedra, Orestes, Antígona, Prometeo o Electra, sirve para ensalzar y alentar los instintos de violencia y sexo más licenciosos. El cuerpo humano, que debería ser sagrado, y más en estos tiempos de criminal acoso a la mujer, se presenta como un cúmulo de espasmos y convulsiones histéricas, y un lienzo para la aberración sexual. No es sólo el cuerpo como objeto de explotación sexual; Mount Olympus da un paso más allá de la pornografía, e intenta descubrir y mostrar sobre un escenario los límites de la depravación. Numerosos espectadores, liberales en las costumbres, quedan sobrecogidos, y a la salida indican que se trata de una "verdadera catársis física y mental""la experiencia es dificil de digerir".   

La circunstancia de tener en vilo al espectador durante 24 horas, sin descanso, acentúa las sensaciones. Pareciera como si al público se le suministrara ácido lisérgico, el LSD de los años 70, y, además, se le privara del sueño. La mezcla de alucinaciones e institnto sexual desata unas pulsiones perversas, que primero serán de placer y después de profundo desgarro. Como la heroina, el éxtasis líquido o el crack adulterado. Del hedonismo pasajero a la angustia del infierno. Justo lo que conviene al ser humano: hundirse más en la miseria. 

Puede que el sátiro Jan Fabre disfrute comprobando cómo empozoña a las gentes, al tiempo que se hace de oro. Puede que haya vendido su alma al diablo, y encuentre en la depravación su modelo de vida y negocio. Pero es misión de la sociedad y los poderes públicos democráticos impedir que el mal, astutamente revestido de arte, campe a sus anchas.

Cristina Cifuentes, gobernante de la Comunidad de Madrid, en representación para más escarnio de un partido conservador, ha perdido el horizonte. En Navidad tuvo la decencia de instalar un portal de belén en la sede de Sol, y lo anunció con orgullo, frente al desvarío sectario de la alcaldesa Manuela Carmena, que apoyó una ofensiva cabalgata de Reyes con una drag queen. Vamos a esperar que Cifuentes haga acto urgente de contrición, a pesar de su agnosticismo declarado, y reconozca que se le fue la pinza. ¿Admitiría que sus hijos, Cristina y Javier, fueran actores y subieran al escenario de Monte Olimpo y hicieran tal performance?

Madrid y España han de tener la inteligencia de poner freno al espeluznante número que viene del norte de Europa concebido por un moderno leviatán. Los españoles, con todos los defectos, nunca hemos sido así. No está en nuestros genes hacer espectáculo de las perversiones (no pasamos del Toro de la Vega). Sabemos bien qué es arte, pues nuestra tierra es en sí un museo que expone lo mejor de Occidente. Sabemos quiénes son auténticos artístas; basta con darse un paseo por El Prado. En obras, monumentos y patrimonio estamos al menos a la par de Italia o Francia. Nuestra historia, con algunos episodios oscuros, es motivo de orgullo. De no ser por nuestros antepasados, la Europa que hoy tanto admiramos, igual estaría bajo la espada del Islam. Latinoamérica tal vez hubiera sucumbido bajo la ferocidad de civilizaciones ancestrales.

Del mismo modo que los sacrificios mayas y aztecas, las matanzas de niños inocentes de Herodes, la exclavitud imperante en Roma, los hornos crematorios de Auschwitz, los gulag rusos y los hongos atómicos de Hirosima y Nagasaki no deben objeto de festivas representaciones teatrales, las perversiones satánicas del politeísmo greco-romano pueden quedar en las bibliotecas. 

Bastante desnortados estamos con el relativismo nuestro del día a día, como para acoger al orco de Flandes y que nos aleccione sobre "cómo glorificar el culto de la tragedia". Nuestros pintores clásicos supieron reflejar la tragedia humana; nuestros literatos, de ayer y de hoy, acertaron a describir todo el catálogo de pasiones humanas. Jan Fabre debería ser declarado persona non grata. No necesitamos ningún embajador de las tinieblas de Hades. Puede seguir consumiéndose en su inframundo.  

Mikel Amigot  
Columnista  

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