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38 minutos de pnico


por Mikel Amigot

13/01/2018


(Nueva York, 14 Enero 2017)

Indeseables como Kim Jong Un, el líder norcoreano, están de más. Son una amenaza para la paz mundial, y EE.UU. debe hacer lo posible para apartarlo del poder, sin más dilación. No es admisible, con la tecnología disponible, que este abominable dictador, criminal para su pueblo y peligro para Corea del Sur, Japón y EE.UU., siga sobresaltando al planeta. El comercio armamentístico de escudos anti-misiles y otros artilugios debe tomarse una pausa, y permitir que las fuerzas especiales actúen y capturen cuanto antes al autócrata.

Los 38 minutos de pánico y terror que vivieron ayer, sábado 13, a partir de las 8:20am, los habitantes de Hawai son una llamada de atención. Lo impensable puede suceder. Fuera la falsa alarma de ayer un error humano –un equipo técnico asumió, apesadumbrado, el error de haberse equivocado en un click durante un cambio de turno– o una acción calculada para provocar una respuesta –Trump quiere, este año, 4 billones del Congreso para más gasto militar–, lo cierto es que surtió efecto. Kim Jong Un, a sus 36 años, es un Hitler del siglo XXI. Él mismo, con sus explícitas amenazas, se ha condenado al ostracismo internacional y se ha hecho acreedor a una respuesta

Podría permanecer callado, y tal vez Corea del Sur, Japón y EE.UU. se desentendieran del paria. Pero con su furia retórica y explícitas promesas de disparar misiles intercontinentales se ha auto-condenado. La lengua es, en sí mismo, fuego, y puede poner en peligro la propia existencia, como bien dejó escrito el apostol Santiago. En el plano geo-político, las palabras de amenaza sólo sirven para escalar tensiones. Occidente se fundamenta en la seguridad, y la primera misión del presidente estadounidense es proteger a la nación de los riesgos internos o externos. 

La experiencia de extrema ansiedad de los hawainos, que recibieron en el móvil las alertas de ataque y después el desmentido, es difícil de compartir aunque fácil de imaginar. En ese lapso dramático, hubo de todo. Desde ciudadanos que se refugiaron en sus bañeras cubriéndose con colchones, hasta carreras de pánico hacia refugios nucleares o atascos de tráfico monumentales. Muchos isleños se despidieron de sus familiares, dispuestos a partir de este mundo, y otros tanto rezaron con fervor o sufrieron episodios de histeria.

Todos los canales de TV interrumpían la programación y confirmaban que el ataque era real, y que a partir de ahí, el tiempo hasta el impacto sería de un máximo 20 minutos. Hawai ya vivió su Pearl Harbour durante la Segunda Guerra Mundial, y aunque el ataque nipón afectó entonces sólo al 10 por ciento de la población, la sensación ayer era que esta vez la devastación nuclear podía ser apocalíptica. Honolulu está a solo 5.700 millas de Pyongyang. En su ADN, los hawainos llevan implantado la posibilidad de una catástrofe tal. Viven en un paraíso del Pacífico pero creen que eso se puede acaban en un instante.

Nunca habíamos padecido, en la era interconectada actual, un episodio de agitación similar. En el pasado sonaban las sirenas; hoy se reciben alertas en el móvil. Antes, la gente corría los refugios sabiendo que los bombardeos aéreos eran inminentes. Hoy, con el riesgo nuclear o químico, no se sabe qué bien qué hacer.

El terror que parecieron ayer los hawainos es indescriptible; un día que no olvidarán. Ni siquiera durante la crisis de los misiles de Cuba, en la era Kennedy, hubo momentos de tan intensos, pues no pasaron de amenaza. Imagínese usted en esa situación de pesadilla. Uno puede vivir en la certidumbre de que la vida puede acabarse cualquier día, pero cuando uno recibe una alerta oficial anunciando una lluvia de misiles, ¿cómo reacciona?

Para decenas de miles de isleños, el desmentido fue como recibir una segunda oportunidad. Es el momento, sí, de ordenar unas cuantas cosas personales, y también exigir soluciones a los gobernantes en lo referente al sistema de alertas y la seguridad internacional y, en particular, al demente Kim Jong Un.   

Mikel Amigot  
CEO, IBL Education  
Columnista  

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