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Edición número: 7456
Noticias para la comunidad hispanohablante

Fue una jugada de farol


por Mikel Amigot

12/01/2018


(Nueva York, 12 Enero 2017)

Todavía medio mundo se pregunta por qué ganó Trump. Es sencillo: es el anti-político. Hoy el quehacer de político está profundamente desprestigiado. En el tiempo exigente actual, no es aceptable que individuos rechazados por la empresa privada terminen gestionando presupuestos billonarios. Si a ello se añade la sospecha de que están para servirse y no para servir, entonces hay alarma social.

Otro anti-político fue el billonario Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York durante doce años. Bloomberg, con un sueldo de un dólar al año, aplicó su talento empresarial al servicio de los neoyorquinos.

Cuando en España se dice que "es el momento de hacer más política", hay que temblar. Se necesita lo contrario: profesionales competentes y honestos, con el impulso de servir. Políticos de profesión, como Rajoy, 37 años cobrando del erario público, o recién llegados que escapan así del desempleo, son una metástasis. Si sus organizaciones están, además, encausadas por casos de corrupción –todas en España, menos Ciudadanos, que aún no ha gobernado–, apaga y vámonos. Los sobres en dinero negro del PP, los EREs del PSOE o el 3 % de la antigua Convergencia han provocado la podredumbre del sistema de partidos, incapaces de regenerarse o atraer talento. En España hemos terminado por crear un ecosistema político altamente tóxico.

Viene este prefacio sobre perfidias políticas a cuenta de la noticia del día de los Jordis y Joaquín Forn, quienes han adjurado de la vía unilateral de la independencia y han prometido abrazar la Constitución a cambio de salir de la cárcel. Se retratan así como unos renegados y falsos héroes, en representación de un pueblo que, atolondradamente, los ha aclamado como presos políticos. El ex-president Puigdemont disfraza su cobardía con declaraciones altisonantes, mientras los Jordis y Forn renuncian en público a sus ideas, igual que hicieran los otros correligionarios.

La abjuración de los Jordis, tan indigna, es un hecho muy relevante, pues certifica que el procés ha sido una jugada de farol, un bluff propio de trileros sin conciencia ni honor, adscritos al bandolerismo político. Esta alevosía de serie B viene de hace 36 años, cuando Jordi Pujol apareció en escena. Décadas perdidas y billones de euros de riqueza colectiva vaporizados, con Madrid como primer responsable del latrocinio catalán, por desentenderse y frenar la aplicación del código penal. Los políticos de la Villa y Corte han vivido en un lodazal de podredumbre, negándose a desactivar el asalto a la Constitución del 78, que empezó a cámara lenta en los años 80 y culminó en octubre del 2017.

Como resulta inconcebible que los servicios de inteligencia –el CNI– sean tan inútiles como para no descubrir que todo era una farsa, entonces concluiremos que los culpables son los políticos que degradan cuanto tocan (el CNI, en este caso). España tiene la desgracia de la clase política y la gracia de las Fuerzas Armadas y los Tribunales de Justicia, quienes, aun pervertidos por la influencia de los políticos, han logrado, milagrosamente, cumplir con su cometido.

¿Cómo no vimos que los gobernantes catalanes todavía eran más mezquinos que los nuestros? ¿Cómo no preveímos que eran unos cobardones de tomo y lomo? ¿Nos cegó el peso de la historia de que sus antecesores, los Lluis Companys, eran criminales de pro, que no dudaban en apretar el gatillo? Incluso los de la CUP, que teníamos por violentos anarquistas anti-sistema, han resultado ser otros petimetres sólo preocupados de la subvención.

Han bastado un puñado de anónimos jueces españoles para espantar a estos balandrones. Dos meses en la pensión-prisión de Estremera y Alcalá Meco, hotelitos de lujo en comparación con cárceles americanas, para que no aguanten más y se auto-humillen hasta perder la compostura. La prensa internacional, con The New York Times, The Guardian y BBC al frente, han hecho también el ridículo hilvanando historias de heroismo donde sólo había zafiedad y cálculo.

Rajoy, estratega al servicio de sí mismo, podía haber aplicado el artículo 155, cerrado el altavoz televisivo de la revuelta, disuelto la policía autónomica cómplice y eliminado el adoctrinamiento, ¿y qué hubiera pasado? Absolutamente nada. Aún está a tiempo, pues la estructura golpista sigue intacta, engrasada para la siguiente oleada.

Los políticos españoles, jetas de oficio, son un amplificador de infortunios que nos mantienen en continuo sobresalto. Dante Alighieri los ubicaría en el último círculo del infierno, donde la felonía era el peor pecado. Para Nicolás de Maquiavelo, la traición era parte fundamental de la política, y quien no lo asumiera poco espacio tendría en los juegos de poder.

La esperanza en España, ya lo vemos con Cataluña, son los Tribunales de Justicia. Si un día éstos fueran completamente independientes de las trapacerías de los mandatarios, la nación se dispararía. Construir un país con una separación real de poderes es la gran lección que nos deja el lío catalán. 
 

Mikel Amigot  
CEO, IBL Education  
Columnista  

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