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Edición número: 7279
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Irn o la represin


por Mikel Amigot

08/01/2018


(Nueva York, 8 Enero 2018)

El 28 de diciembre supimos de manifiestaciones anti-gubernamentales en Mashad, la segunda mayor ciudad iraní. En Twitter emergió el descontento bajo el hashtag #IranProtest, con aserciones como "The Iranian People want regime change", y vídeos emocionales clamando justicia. Desde entonces, la represión ha causado 22 muertos y un millar de detenidos, incluídos 90 estudiantes universitarios, en 80 ciudades y pueblos.

Ayer, domingo 7, la Guardia Islámica Revolucionaria aseguró que había terminado con la oleada de disturbios, al tiempo que apuntaba como culpables de la agitación a EE.UU., Israel, Arabia Saudí, grupos disidentes en el exilio como el opositor Mujahedeen-e-Khalq y los monárquicos derrocados en 1979 tras la Revolución Islámica.

La realidad es que los manifestantes han saltado a las calles para quejarse del alza de precios, elevado desempleo (del 30 % entre los jóvenes), creciente desigualdad entre ricos y pobres, corrupción oficial, y presupuestos millonarios destinados a las milicias chiíes en Siria, Irak, Gaza, Líbano y Yemen, así como a la Guardia Revolucionaria, el poderoso grupo paramilitar leal al Líder Supremo, Ayatollah Ali Khamenei, el dictador contemporáneo de más tiempo en el poder (29 años). EE.UU. e Israel habían expresado su respaldo a las protestas de los iraníes –las más numerosas desde las elecciones de 2009–, si bien rechazaron que estuvieran detrás de ellas. (En Irán muchos piensan que han sido urdidas por los halcones del régimen, para así enterrar del todo las reformas).

El definitiva, por el momento, el polvorín iraní ha quedado sofocado. La Guardia Revolucionaria y la milicia Basij, cuerpos muy bien entrenados en la accion represiva y aterradoramente violentos, han completado su misión y el régimen teocrático no se ha tambaleado. Aunque ha recibido un serio aviso de que su impunidad no es eterna.

La férrea dictadura iraní de los ayatolás, basada mayormente en el código legal de la sharia, gana tiempo, consciente de las contradicciones de un sistema incapaz de evolucionar hacia una democracia real o de imponer un fundamentalismo islámico. Las mezquitas están vacías en las horas de oración, y de los 57.000 templos chiíes sólo 3.000 están operativos, según observadores locales. Sólo durante los meses del Ramadán y Muharram registran más actividad. Esta falta de observancia alarma a los mulás. Los mantras del sentido revolucionario iraní –la lucha por la igualdad, justicia, fraternidad y martirio– apenas subyugan, y menos aún, entre la elevada población juvenil universitaria.

El acuerdo nuclear, que generó una cierta unidad en el país, no sirve ya para aplacar las reivindicaciones. La promesa a la población del presidente Hassan Rouhani de crear una especie de versión islámica del éxito comunista de China, que resultaría en más crecimiento económico a cambio de aceptación del régimen, no ha funcionado, como reflejan los disturbios y plasman los indicadores de una inflación al 10 % y un paro al 12 %.

Las sanciones globales –muchas levantadas recientemente tras el acuerdo nuclear impulsado por Obama–siguen impactando en la economía nacional.

En política internacional, Irán, a pesar de ser uno de los países más abiertos de Oriente Medio, sigue siendo un estado paria por su fijación anti-israelí y anti-americana, y por su enfrentamiento perenne con Arabia Saudí, ahora en alza tras sus acuerdos de compra militar a EE.UU.

Así las cosas, Irán se asemeja a una olla de presión, con los ingredientes para desatar una revolución.

Este país multicultural de 81 millones de habitantes, con numerosos grupos étnicos y lingüísticos (61 % persas, 16 % azeríes, 10 % kurdos y 6 % lurs), tierra de los reinos elamitas, una de las civilizaciones más antiguas, espacio hoy de 22 sitios patrimonio de la UNESCO, no está conforme con el rigorismo propio de una teocracia islámica y con la obsesión de los mulás de combatir la cultura occidental.

Más de la mitad de la población tiene menos de 30 años, y en el país se contabilizan 50 millones de smartphones, con los que los iraníes se enteran de lo que pasa en el mundo.  Los sectores aperturistas llevan años abogando por encarar reformas democráticas, pero éstas no llegan. La feroz represión de estas dos últimas semanas sólo refleja las grietas de un régimen islamista contrario a la dignidad humana. 
 

Mikel Amigot  
Columnista  

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