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Edición número: 7242
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Fin de Ciclo


por Mikel Amigot

24/11/2017


(Madrid, 24 Noviembre 2017)

A pie de calle, saltando de reunión en reunión, escuchando a profesionales y tertulianos de TV y radio, uno se percata de la dimensión de la crisis. 

Madrid, micro-cosmos del país, es una ciudad simpática, acogedora y ruidosa. La gente es trabajadora, honesta y habladora. Aquí se sabe todo y es dificil guardar un secreto: "Te cuento esto, que es confidencial, sin que salga de España", bromean algunos. La fantasía y el delirio político es poco probable; hay demasiados bares, tabernas y plazas. Los residentes de Villa y Corte van a su aire, pendientes del "qué es de lo mío". Es el "what's in it for me" americano, sólo que aquí se niega.

Así, cuando uno regresa a Nueva York le preguntan: "¿Qué tal España?". Como para acertar en el diagnóstico. Al no ser uno un taxista de Madrid, catedrático en ciencias urbanas, simplemente responde: "Bien. Como siempre".

Y recurriendo al socorrido "como siempre" , hemos zanjado el problema en los últimos treinta años. Nos lo advirtió el refranero: "tanto va el cántaro a la fuente...".

Cataluña, con su mitad movilizada, ha dicho "basta", "nos vamos", "adeu", para siempre. La alta y mediana burguesía del seny, con el amparo del clero local, se ha aliado con los anarquistas de la CUP, las milicias masónicas de Esquerra, los tramposos del 3 % de Convergencia, y todos a una, sin reparar en costes, han dado el portazo.

Desde Madrid se les ha tratado de lunáticos y, esta vez, en vez de enviar al General Espartero a disparar salvas de cañón, se les ha recordado que existe la ley de Castilla, y se apelado al pragmatismo de tenderos mediterráneos. Porque muy leales y heroicos, no han sido nunca. En la Villa se les conocía bien. Llevan 300 años con sus lamentos provincianos. Eran como un vecino insoportable, al que de vez en cuanto había que coger de la solapa y zarandear en el rellano de la escalera. Siempre había funcionado eso. Hasta hoy.

Culpable: Madrid, nosotros. Por seguir con su business al usual. No son sólo el indolente Rajoy, la aspirante conspiradora Sáenz de Santamaría, el veleta Sánchez o el cursi ególatra Iglesias. Estos son los personajes de la tragicomedia del momento. Los protagonistas de la obra en cartel "Qué hay de lo mío".

Es el ecosistema de intereses cruzados entre organismos públicos, grandes empresas concesionarias de los contratos públicos, medios de comunicación afines y una fuerza funcionarial gigantesca, articulada para paralizar todo. Así se ha engendrado un Frankenstein a la deriva, frustrante para cualquier persona con aspiraciones, incapaz de reaccionar. Como para crear un Spanish dream colectivo. 

Si medimos el progreso de una democracia occidental por los salarios, que es un buen termómetro de perspectivas, sobre todo para los jóvenes, entendemos qué está pasando. En el 2005 percibir 1.000 euros al mes era un insulto. Hoy, los mileuristas españoles son los nuevos ricos. Un recien graduado de telecomunicaciones, con seis años de carrera, es un trabajador de la élite que gana al mes 800 euros. En EE.UU. un buen ingeniero empieza percibiendo 90.000 dólares al año, diez veces más. 

Los autónomos y las pequeñas empresas están igual de mal. Los jóvenes más avispados deducen que la política es el oficio más rentable y de futuro. Del mismo modo que en el Islam de países pobres, la Yihad, pacífica o violenta, es una salida, aquí, en España, es la política, con su conglomerado de intereses económicos alrededor, es la palanca que lo mueve todo 

España nunca ha sido un país rico pero en los últimos años ha habido una sustancial mejora. ¿Por qué esa riqueza se ha destinado sólo a aumentar los servicios sociales, contratar a funcionarios nacionales y construir infrastructuras para contratistas,? El establishment político y empresarial se ha comportado como una egoista familia de jeques saudies, sin crear oportunidades empresariales. Y los pequeños negocios, todavía en pie, han sufrido la acción de una Hacienda confiscatoria que necesitaba a todo costa extraer dinero. 

La situación ha hecho crack, mientras Madrid miraba, y sigue mirando, hacia otro lado. Es el final de un ciclo. Cataluña es sólo una reacción más. La región díscola es tan corrupta e ineficaz como Madrid. La cosa es que ahora su población, espoleada por políticos manipuladores, cree que le aguarda un futuro mejor fuera de España. También lo creen los vascos, los valencianos y no sabemos si los gallegos (tampoco ellos lo saben). En el desaliento coinciden los jóvenes en paro o con salarios ofensivos, a los que los líderes de la izquierda tratan de esquilmar a cambio de sus votos.

Ojalá que este análisis, a pie de obra, nada científico, sea desacertado. 

 

Mikel Amigot  
Columnista  

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