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Edición número: 7243
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Farsantes, pero marcan la agenda


por Mikel Amigot

08/11/2017


  (Nueva York, 8 Noviembre 2017)

Todavía estamos en la fase del profits lost o lucro cesante.

La irracionalidad económica exhibida por la large minority catalana se ha traducido, por el momento, tan sólo en una pérdida financiera de 450 millones de euros, una caída del 15 por ciento en ingresos turísticos y un éxodo de 2.216 empresas. En octubre la creación de empleo en Catalunya fue un tercio del generado en Madrid o Valencia. 

"The political instability will negatively affect the region's economy, in particular foreign investor sentiment and the tourism sector, and add pressure to the region's already weak finances," ha explicado Moody's a la agencia AP.

El Banco de España ha advertido, por su parte, que el crecimiento en España se reducirá hasta en 2,5 puntos del PIB en 2018, esto es, 30.000 millones de euros. 

Seguim. Los efectos, de momento, son imperceptibles. El fantasma de la recesión, lejano.

El problema son los "presos políticos", y, así, el 40 % de Catalunya se lanza hoy, miércoles 8, a una huelga general, paralizando carreteras y trenes (han invadido la estación del AVE en Girona) y vulnerando la libertad de quienes quieren trabajar.

Los embustes y falta de respeto de los dirigentes catalanes hacia su propia población son inauditos. Hasta el 1 de octubre, el eslogan movilizador era "España nos roba", y el movimiento nacionalista se basaba en una reivindicación económica. Así lo entendimos en EE.UU..

CBS explicó en un noticiero vespertino, hace dos semanas, que "Catalonia es una región rica que se quejaba por pagar demasiados impuestos al Gobierno centralista español". El espectador entendió que Catalonia se había cansado de ser solidaria con regiones españolas ecónomicamente débiles. Cosas que pasan en todo el mundo. También en Nueva York pagamos demasiados impuestos frente a los habitantes de New Jersey.  

Tan sólo unos días después, el único relato del circo catalán se basa en la supuesta represión que ejerce el Gobierno español, con sus jueces politizados, y en la limitadísima calidad democrática, propia un país que no ha superado la etapa dictatorial del franquismo. El resultado: supresión de la autonomía catalana, humillación de su cultura, presos políticos y violencia policial.

Cuánto más se repita el infundio, ahora desde el inesperado epicentro de Bruselas, más se lo creerá el mundo. El New York Times publicó la semana pasada un artículo de ex-vicepresidente Junqueras y esta semana The Guardian difundió una tribuna del ex-president. Periódicos ganadores de Pulitzer que se prestan como altavoces de embustes.

En este political warfare esto es una realidad, que conviene tomar en serio. Avergüenza la declaración de ayer de la vicepresidenta española y presidenta en funciones de Cataluna, Soraya Sáez de Santamaría, diciendo que "Puigdemont vive en la improvisación y tiene mucho tiempo libre".  

Debería explicar, en su lugar, por qué no se está aplicando el artículo 155 para desmontar la estructura de propaganda y manipulación, con TV3 y Catalunya Radio, como insólitos portavoces de la sedición, en un desafío a la soberanía española; y cómo es posible que medios proxies españoles, como la Sexta y en ocasiones Antena 3, siembren dudas y confusión cuando no apoyan la independencia.

No es que la calidad de la democracia española sea baja, no. Es lo contrario: la democracia española es preocupantemente inmadura, ingenua y acomplejada. En Francia los partidos políticos monárquicos están prohibidos; en Alemania no pueden presentarse formaciones que defiendan ideas nazis. ¿Qué haríamos aquí en EE.UU. si California quisiera independizarse? Es inimaginable. Y mira que el Silicon Valley, Hollywood, San Francisco, etc. está que hierve de ira contra Trump. Ni una hoja de árbol se ha movido. Esto sería claramente hate, odio, contra los demás americanos.

Pensábamos que el realismo mágico de García Márquez era el colmo de la imaginación y que Macondo era inexportable. España y Catalunya viven en un surrealismo difícil de entender. Ayer mismo escuchamos a parlamentarios catalanes denunciar "el golpe de estado de España en Catalunya" y el "fanatismo y nacionalismo excluyente español".

Se han ido un tercio de las empresas importantes, el sentimiento de confianza en la economía regional es nulo, las inversiones están paralizadas, y, lejos de frenar esta tendencia hiperdestructiva, que puede llevar a grandes dramas económicos y sociales, Puigdemont, sus ex-consellers y esos 200 alcaldes (que parecen, con sus lanzas, una tribu amazónica) se las ingenian para canalizar la energía de la minoría mayoritaria de Catalunya hacia una huelga general y una próxima macro-manifestación.

¿El sentimiento nacionalista es tan irracional como para olvidar el bolsillo?

Cuando la Caixa, Sabadell y las empresas votaron irse de su región natal, ¿no era eso suficiente para dar marcha atrás? ¿No estaba claro que el movimiento económico-nacionalista había fracasado? ¿No se dan cuenta los soberanistas que más inestabilidad económica equivale a menos independentistas?

Podemos certificar ya que el movimiento secesionista, espoleado por políticos encausados por vulnerar el Código Penal, se ha olvidado por completo de la economía.

Y en su guerra abierta contra la large majority de la población, la ciudadanía española y las democracias occidentales, confían los insurrectos en su ingenio para atraer la atención mediática –internacionalizar el conflicto, dicen– y movilizar su electorado, a través de TV3 y su ecosistema subvencionado de medios. Ello les serviría para ganar las elecciones regionales del 21-D y esperar que los periódicos internacionales fuercen a la acomplejada democracia española a aceptar la independencia y la puesta en libertad de los detenidos.

Es, querámoslo o no, una estrategia a corto plazo que puede funcionar. El ex-president Puigdemont es un periodista gerundense con idiomas que, teniéndolo todo perdido, sabe generar titulares e iniciativas web –como letcatalansvote.org–  y funciona con una mentalidad propia de "start up". El Gobierno de Rajoy es, en cambio, lento, apocado, miedoso y no sabe aprovechar las ventajas. El rey y los españoles le han puesto en bandeja un artículo 155 y una jueza le ha hecho el trabajo sucio. Pues ni aún así. Hay quien dice que es el artículo 0,155.

Los catalanes soberanistas siguen marcando la agenda del día a día, y no está claro que hayan perdido. Son farsantes y esperpénticos, pero es que los nuestros son inseguros y torpes. ¿No era Trump un candidato lamentable y ganó?
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Mikel Amigot  
Columnista  

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