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El periodista José Díaz Herrera publica un libro sobre Pedro J. Ramírez y El Mundo

16/10/2009 - 15:42
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El periodista José Díaz Herrera acaba de publicar un nuevo libro, esta vez sobre Pedro J. Ramírez y El Mundo y se titula "Pedro J., al desnudo".

"El libro es, sin duda, mi mejor obra (y llevo 17), la que más satisfecho me ha dejado y un trabajo que creo trasciende al personaje. Es un fiel reflejo de lo que ha sido el estilo y la forma de vida de este país en los 30 últimos años", señala el autor.

"La editorial hace la misma valoración y por eso hemos salido con cuatro ediciones a la vez, pero el juicio definitivo debe ser sin duda el de los lectres, ya que las nuestras son valoraciones son siempre parciales y particulares", agrega.


Resúmen sobre el contenido del libro

Algunos relatos los enfrentamientos de Ramírez con González y con Aznar

PEDRO J, PERIODISMO DE DINAMITA

Antigua militante antifranquista condenada a nueve meses de prisión, María Elena de Salas Castellano vive en una casa de campo, en el pueblo de Cubjac, 200 habitantes, a 160 kilómetros de Burdeos.

En las Navidades de 1987 u 88, que no lo recuerda, invitó a cenar a su padre, Juan de Salas Merle, ya viudo, a su hermano Alfonso de Salas Castellano y a su familia. En mitad de lo que debía ser una agradable velada familiar, Alfonso dijo.

─ Llevo varios meses trabajando en secreto, haciendo un perió-dico. En cuanto pueda me separo de mi hermano.

─ ¿Estás bien de la cabeza, Alfonso? ¿Vas a traicionar a Juante [Juan T.], a la persona que te ha sacado de los apuros, que te ha bus-cado trabajo cuatro veces? ─ le preguntó María Elena.

─ Voy a hundirlo. Aunque sé que él solo se va a arruinar, si no lo consigue, yo me voy a prestar muy gustoso a echarle una mano.

─ Eres igual que Caín. Acabas de darle el mayor disgusto de su vida a papá. Vete de casa y no vuelvas ─ le echó María Elena.

Las entrevistas telefónicas que sostuve con Elena de Salas, hermana del fundador de Diario y Cambio 16 revela un dato desconocido hasta hoy. No hubo ninguna conspiración del Gobierno, no existieron financiaciones ocultas ni tramas siniestras maniobrando desde la sombra para echar a Pedro J. Ramírez de Diario 16 por el asunto de los GAL como él repite.

Existió, en cambio, un propósito premeditado y claro de un grupo de altos cargos de la casa encaminado a hacer en secreto un periódico, marcharse de Diario 16 y moverse a sus anchas. Era la única salida posible a los continuos enfrentamientos del impoluto director con el editor del Grupo 16.

Se lo cuenta al autor Balbino Fraga, jefe de publicidad de Diario 16 y uno de los cuatro miembros del comité de dirección. «Un año antes, a la vista de que la situación se deterioraba, Alfonso de Salas y yo empezamos a diseñar un periódico en secreto para competir con El País. Como había que estudiar su viabilidad, metimos a Juan González en el proyecto, para que hiciera los números. Los informes secretos los guardábamos en su ordenador y el rotativo ─ que luego fue El Mundo─ se llamaba «Futuro».

* * *

Las desavenencias con el Gobierno socialista del émulo riojano de Tintín, [quien le ha contado a su compañero logroñés José María de Juana que la vocación por el periodismo se despertó en él en el año 1967, cuando estudiaba PREU, leyendo el diario ultrafranquista Nueva Rioja], inicialmente no se produjeron por el asunto GAL.

El origen estuvo en una especie de «pronunciamiento civil», al estilo de los decimonónicos, que Ramírez protagonizó contra Felipe González el 14 de febrero de 1987 en una conferencia en el Club siglo XXI, acaudillando a un grupo de políticos descarriados y sin partido y a varios arribistas.

El presidente del Gobierno había revalidado la mayoría absoluta apenas unos meses antes [el 22 de junio de 1986] ganando las segundas elecciones generales, pero los 8.901.718 votos alcanzados en las urnas a quien aspiraba a convertirse en il divo de la prensa no debía parecerle argumento suficiente para que gobernara el país otros cuatro años. Allí dijo:

«[…] El felipismo como una fórmula de poder absoluto, es decir, como el reflejo de una mayoría sustentada en más del 50 por ciento de los asientos de la Cámara, debe concluir.» Tras esta clara y contundente declaración de fe democrática, agregó:

«[…] González se comporta como un déspota ilustrado que cree haber perdido su libertad para ganar la nuestra […]. Actúa con la furia del converso, tras haber sido derribado por el rayo de la realidad y haber abrazado en pleno camino de Damasco la fe del atlantismo y la economía de mercado […]. Ahora persigue con especial saña aquellos contumaces que en vez de acompañarles en su conversión piensan como antes de que llegaran al poder.

Ramírez había sido contratado en 1980 por Diario 16 para echar a Adolfo Suárez del poder y encumbrar a Joaquín Garrigues, quien se les muere en la intentona. Posteriormente, en las vísperas de las elecciones generales de 1982 promueve la candidatura de Landelino Lavilla [Ha nacido un líder] y lo fulmina dos semanas después [Vota UCD, vota colza]. Con dos candidatos en las muescas de sus revólveres, se considera ya tocado por los dioses para quitar y poner presidentes a su antojo. Así lo afirma al auditorio:

«El proyecto felipista está agotado y debe acabar. El felipismo vive sus horas crepusculares […]. Como en el clásico relato de [Charles] Perrault, el 14 de diciembre sonó para él la primera de las doce campanadas mágicas que ponen fin al hechizo y la carroza monclovita comenzó a trocarse en calabaza. […] La democracia tiene mecanismos suficientes para arbitrar salidas que eviten la podredumbre de las situaciones límite.»

El texto íntegro de su discurso se reproduce, como si fueran las tablas de la Ley, una semana después en Diario 16, en las páginas 3, 4 y 5 bajo el título «Apogeo y crisis del felipismo».

Las personas presentes en la conferencia, que recuerdan su vieja amistad con el líder socialista, están atónitas. Ramírez se revela no sólo como una persona sin escrúpulos, como un arribista sin ideas propias, sino que plantea un movimiento contra el Gobierno. Sin cortarse un pelo, la futura prima donna de la prensa hace referencias claras y explícitas a cuál debe ser el camino a seguir, la puesta en marcha de una «sublevación cívica» al estilo de la que provocaron los madrileños durante el reinado de Carlos III. «Al grito de Viva España, viva el sombrero redondo, obligan a Carlos III a prescindir de Esquilache y a retrasar más los proyectos reformistas.

[…] «La falta de cintura política, hija de la soberbia, termina siempre volviéndose en contra del gobernante impopular. […] Su empecinamiento terminó costándole a Luis XVI la cabeza.»

Al acabar el acto y en el transcurso de la cena-coloquio que siguió a la conferencia, Ramón Tamames pronunció la célebre frase delendus est felipismus.

La «conspiración de salón» quedó, obviamente, en eso, en un desahogo. Pero que un presunto mamarracho ─como se le definió─ se dedicara a moverle la silla al presidente sentó como un tiro en La Moncloa.

Y desde el Palacio de la Presidencia se mandó un mensaje claro y rotundo a Juan Tomás de Salas. «Si no hubiera existido el periódico El Alcazar los españoles tal vez nos hubiéramos ahorrado el golpe del «23-F». Así Juan, te damos el primer y último aviso: El Gobierno legítimo de España no va a permitir más Tejeros».

* * *

El viernes 25 de mayo de 1979, el teniente general Luis Gómez Hortigüela, jefe superior de Personal del Ejército, sus ayudantes, los coroneles Agustín Laso Corral y Jesús Ávalos Jiménez, y el conductor del vehículo, el civil Luis Gómez Borrego, son asesinados en la calle Corazón de María de Madrid.

[…] El clima de consternación y de dolor se producía un año después de aprobada la Constitución, al poco tiempo de celebrarse las primeras elecciones generales, cuando muchos españoles confiaban en que el terrorismo iba a desaparecer, hizo que se publicaran textos muy duros censurando la «debilidad del gobierno».

Ninguno de ellos, ni siquiera los del diario El Alcazar, plantearon la creación de una especie de «poder «autónomo» dentro de las Fuerzas Armadas para combatir a ETA con sus propias armas sino todo lo contrario, dotar de más medios a la Policía y que el Ejército en aquellas amargas horas de dolor se sometiera al poder civil, como en los países civilizados.

Hubo un periodista, sin embargo, que se manifestó a favor de que el Ejército asumiera, al margen de las instituciones la lucha contra ETA. En su columna «La crónica de la semana» de ABC, el domingo 27 de mayo de 1979, bajo el título «La ETA y el ejército», el futuro piscinero mayor de Mallorca escribía:

«El primero en caer es un militar destinado en las fuerzas de Orden Público –el comandante Imaz–; viene luego un general de Brigada –Sánchez Ramos–, luego un marino –el capitán de Corbeta Liesa Morote–, luego el gobernador militar de Madrid, ahora un teniente general. El listón que la institución castrense ha debido franquear ha ido subiendo centímetro a centímetro […]».

A continuación, Ramírez afirma: «Vivimos inmersos en una auténtica guerra que no ofrece otra alternativa sino la de destruir o ser destruidos. No se trata de una guerra convencional sino de una guerra psicológica. […] El desenlace de esta contienda depende de que el Ejército tome conciencia de que está siendo utilizado por un enemigo inteligente y de que sea capaz de instrumentalizar una respuesta adecuada con la misma frialdad y el mismo cálculo».

Tras lanzar su golpista «Ejército al poder», añade: «Medios no le faltan para ello. La dificultad a la hora de dar operatividad podría estribar en la actitud pusilánime y poco comprometida que caracteriza a una Administración obsesionada con no cometer ninguna equivocación que pueda poner en peligro su propia perdurabilidad. El estilo de Gobierno que caracteriza al actual equipo de Poder es desde luego un impedimento serio pero no insalvable».

¡Manda cojones! La respuesta que el Videla o el Pinochet logroñés propone frente al terrorismo es, ni más ni menos, que las Fuerzas Armadas, actuando autónomamente, al margen de las instituciones y sin control político, se tomen la justicia por su mano y hagan la «guerra sucia» contra ETA, no acatando las órdenes del Gobierno si hiciera falta.

«El Gobierno […] es un impedimento serio pero no insalvable». Pasa por alto el joven reportero que fue esa autonomía, ese margen de discrecionalidad, lo que llevó al Ejército a organizar decenas de golpes de Estado, pronunciamientos y cuartelazos en el siglo XIX, convirtiendo los reinados de Fernando VII e Isabel II en uno de los periodos más convulsos de la historia de España.

* * *

Cualquier español, al estilo de Ramírez, meridianamente [ojo, que va en cursiva] leído sabía en 1980 que la Constitución Española de 1978 había abolido la pena de muerte en su artículo 15. «Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes. Queda abolida la pena de muerte ─dice la Carta Magna─, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra».

Tras la sangrienta represión de la Guerra Civil, la mayoría de la sociedad española pensaba que aquel artículo debía ser inamovible salvo, tal vez, Pedro J. Ese año, al poco de poner sus pies en Diario 16, en un viejo y destartalado edificio de estilo soviético de la calle San Romualdo de Madrid, planteó en un Consejo de Redacción reimplantarla para los delitos de terrorismo.

Hubo tres personas que se opusieron a su iniciativa, los periodistas Fernando Jáuregui, jefe de Internacional, Jubi Bustamante, jefa de Cultura y Alfonso Pajuelo, jefe de Economía. Los tres eran miembros del Consejo de Redacción del rotativo financiado en parte por la UCD y por los maletines de dinero traídos de La Moncloa, y que Ramírez agradecía con editoriales como «Vota UCD, vota colza».

─ Eso que dices es un disparate ─ le echó en cara Jáuregui quien, por otra parte, considera que al margen de sus «locuras» es un gran periodista.

─ El consejo de redacción entero, salvo José Luis Gutiérrez, se opusieron a su iniciativa ─me cuenta Pajuelo.

La osadía de los tres jefes, la audacia empleada al contradecir al «verbo divino» les costó cara. Inmediatamente fueron expulsados del consejo de redacción. Al poco tiempo, acabaron marchándose también del periódico.

* * *

«Hay que matarlos a hachazos. En la guerra no recibieron más que patadas en los c[ojones] y, además, puestos de rodillas. Allí se vio la talla que tenían estos «gudaris» asesinos. Había que degollarlos porque a los chulos y a los asesinos hay que tratarlos con mano dura».

El artículo antes citado fue publicado en el periódico de la «libertad sin ira» el 21 de octubre de 1983 tras el asesinato del capitán de Farmacia Alberto Martín Barrios. Por esas fechas, Ramírez era víctima de parecido ardor patriótico:

«Siempre me ha parecido moralmente intolerable la imagen de los caballos de los «Rangers» frenando en seco a la orilla del río ─escribió justificando las primeras actuaciones de los GAL─, mientras los forajidos cruzan impunemente la frontera. Si han cometido un delito son reos de persecución, tanto en Tejas como en Nuevo México, tanto en Galdácano como en Hendaya. El Estado de Derecho tiene que ser un instrumento al servicio de la ética humana, cada vez que –como en este caso– las leyes se convierten en un obstáculo para la acción de la justicia, se está dando la razón al anarquismo».

Tras incitar al Gobierno a que no emulara el «western», Camino del Sur, en que el sheriff se detiene al borde del Río Grande y deja escapar a un forajido, el periodista se permite también abroncar a muchos socialistas por no apoyar el terrorismo de Estado.

«¿Cuántos de nuestros gauchistas de salón que abominan de la «guerra sucia» contra ETA no estarían dispuestos a justificar el derecho de persecución de los sandinistas contra las guerrillas que operan desde Costa Rica y Honduras, o de los angoleños contra los hombres de Unita protegidos por Sudáfrica?»

Y hasta propone el cese del ministro del Interior no por practicar el terrorismo de Estado sino por la ineficacia de los métodos empleados. «A Barrionuevo no habría que cesarle por estar consintiendo acciones irregulares en el sur de Francia, sino por cosechar tan pocos éxitos, a pesar de la infinita buena voluntad con que ejerce el cargo».

Los doce meses que pasé investigando este libro repasé las colecciones de Diario 16, El País y El Periódico de Catalunya, página a página, día a día durante el periodo 1983 y 1986. La conclusión del autor es tajante: En la etapa en que funcionó la máquina infernal del terrorismo de Estado, Juan Luis Cebrián y Antonio Franco condenaron sin reservas el «viaje a los infiernos» de los gobiernos de González. En Diario 16 sólo aparecen elogios, alabanzas e incitaciones a matar etarras, «cuantos más mejor».

He recogido más de cien artículos del mismo estilo, 64 de ellos reflejan la opinión del periódico en la época en que Ramírez, como director, marcaba la línea ideológica y todos los que pertenecíamos al Grupo 16 sabíamos que Él escribía personalmente los editoriales. He reproducido más de treinta. ¿Se atreverá el zascandil a sostener todavía que no le cabe el inmenso honor, el honroso timbre de gloria de pasar a la historia de la prensa española como el inspirador intelectual de los GAL?

* * *

Tras la muerte de su segunda mujer en un accidente de automóvil, el embargo de su casa de Cabo Roche (Cádiz), Juan Guerra González vive desde comienzos de 2000 en Espartinas (Sevilla) sin trabajo y sin medios económicos para subsistir, en la más absoluta de las miserias. Solo la ayuda de algunos amigos, entre ellos Juan Arenas, le permite salir hacia delante y educar a los hijos de su segundo matrimonio.

Juan Guerra y el famoso despacho que ocupó en un ala de la delegación del Gobierno de Sevilla constituyeron a comienzos de la década de los noventa, la clave, la piedra maestra a derribar para echar abajo el edificio socialista.

El periódico que lleva la iniciativa en todo momento es El Mundo y su llamado «equipo de investigación», desplazado a Sevilla a husmear en las cloacas del Guadalquivir.

Fruto de aquella «investigación» fue una memorable portada de El Mundo, publicada el miércoles 31 de enero, en la que se afirma que el Gobierno había concedido una subvención de 145 millones a la empresa Construcción Modular Andaluza SA (Comasa), «en la que ─ según Ramírez─ mediante testaferros Juan Guerra tenía una importante participación», hecho rotunda y radicalmente falso.

«Dos ministros mencionaron a Juan Guerra en el Consejo que aprobó subvencionarle. El Gobierno sabía que concedía 145 millones al hermano del vicepresidente», afirmó el periódico, acusando al Gabinete de prevariación sin otra prueba que un supuesto amigo de uno de los ministros, que tampoco se identificaba, quien se lo habría contado a uno de sus «making news», de sus fabricantes de noticias.

La «información», como otras muchas, no tenía ni una migaja de verdad. Era cierto que Construcción Modular Andaluza había pedido una subvención para levantar un hotel pero el asunto, al ir en el «índice verde» del Consejo de Ministros se despachó en la comisión de subsecretarios del día anterior y no por el Gabinete. La subvención, además, quedó sobre la mesa, pendiente de que la empresa que la solicitaba presentara la documentación que acreditara que era dueña del solar, hecho que no ocurrió nunca.

Estos son los hechos que he comprobado con un ex miembro de aquel Gabinete, quien me ha tenido a bien enseñarme una fotocopia del asunto, que aún guarda, aunque supuestamente las actas del Consejo de Ministros son secretas.
Acusar al Gobierno, sin un puñetero dato, sin una pizca de información, de favorecer los intereses de un familiar del vicepresidente fue un asunto que colmó la paciencia de sus miembros. Indefenso ante las calumnias de un sector de la prensa, Alfonso Guerra anunció que abandonaba el gabinete, Felipe González dijo aquello que «dos por el precio de uno» y se armó la marimorena.

El presidente del Gobierno conminó a Ramírez a publicar un desmentido en portada sobre el asunto, el riojano afirmó que a chulo no le ganaba nadie, hizo amago de publicar una mínima aclaración, pero no disipó en manera alguna la sensación que tenía el Gabinete de que había sido acusado de prevaricación por un individuo que, andando el tiempo, haría que tres ejecutivos diferentes tomaran una «decisión manifiestamente injusta» para disfrutar de una piscina ilegal según la Ley de Costas.

Y fue por esta «trola periodística» por lo que González llevó a Ramírez a los tribunales y el Fiscal General del Estado pidió para él pena de cárcel. Aunque no se puede comparar la autoridad y el carisma del presidente del Gobierno con la del embustero reportero, Pedro J. convirtió su patinazo en el «caso Juan Guerra» en una «guerra personal» contra el Gobierno, al que demoniza desde entonces. «González trató de meterme a mi en la cárcel y yo hice lo mismo con él», ha repetido sin cesar desde aquel aciago día.

Según el periodista, y por usar una expresión gráfica, «los dos acabaron como dos escorpiones en una botella, tratando de matarse mutuamente», como escribió Theodore Harold White sobre Nixon y The Washington Post en su libro Breach of Faith: The Fall of Richard Nixon. A partir de entonces, el mismo entusiasmo empleado en la defensa del terrorismo de Estado lo utilizó para volver el «caso de los GAL» en contra de González, poniendo en marcha una campaña que duró 15 años con el único propósito de destruirle, hecho que a la postre consiguió implicando a la Justicia y a la oposición en su guerra particular.

* * *

Para librar la guerra que se avecinaba con el Gobierno, como los señores medievales Ramírez sabía que debía tener la santabárbara bien municionada, las arcas del periódico repletas de billetes de cinco mil, y durante 1990 y 1991 se empleó a fondo en esta tarea.

Había dos posibilidades de avituallar el periódico: ir a una amplia-ción de capital entre los accionistas o buscar nuevos socios. El Mundo hizo las dos cosas. Fue a una primera ampliación de capital de 1.500 millones, que suscribieron sus socios y empleados. Como el dinero no era suficiente para aguantar una guerra de varios años, se produce el milagro: el grupo Rizzoli irrumpe en la escena mediática española y adquiere el 45 por ciento del capital.

La entrada de los italianos cogió de sorpresa a todo el mundo. Especialmente, porque desde Diario 16, Ramírez había criticado con dureza las vinculaciones de los amos de Il Corriere della Sera con el Banco Ambrosiano, Gelli y las finanzas opacas del Vaticano y ahora aparecía como aliado de todos ellos.

Pero lo que más asombro causó fue que tras la alianza, mientras muchos directivos de Rizzoli-Corriere seguían visitando la cárcel San Vittore de Milán el «virtuoso e intachable» periodista se envuelve en la bandera de la supuesta «regeneración democrática» y decide ejercer en España el papel que Mani Pulite lleva a cabo demasiado a menudo con sus socios italianos pero en la cabeza de los socialistas.

La supuesta lucha contra el «terrorismo de Estado» y otras grandilocuentes palabras ocultan en muchos casos una vendetta al más puro estilo siciliano. Basta un ejemplo. Exactamente la día siguiente de la entrada del dinero que se atribuye a Rizzoli en el capital de El Mundo Mariano Rubio y Manuel de la Concha son perseguidos con saña por haber ayudado a su antiguo editor, Juan Tomás de Salas, a hacer frente a una OPA que Ramírez, Balbino Fraga y Alfonso de Salas lanzaron contra Diario 16, con el dinero de Mario Conde y utilizando como pantalla al grupo francés Hersant. Y así podríamos seguir hasta desmontar, caso por caso, el intento de Ramírez de acabar con la supuesta «tangentópolis» socialista, tan parecida al caso Gürtel y a otros, donde por cierto hay implicados consejeros, accionistas y socios regionales [Manuel Delgado Solis, Plácido Vázquez, (representantes de las Koplowitz y Banesto) y José Luis Ulibarri y tal vez algún otro, aun en proceso de investigación] de El Mundo, «el periódico de los 20 años de honradez».

Durante los años en que el rotativo de la calle Pradillo inició su «cruzada» contra el socialismo buscando el exterminio del llamado «felipismo», todo el mundo sospechó que los 5.000 millones aportados por Rizzoli al periódico de Ramírez constituía en realidad una inyección de dinero salido del Banesto de Mario Conde, utilizando a los italianos como tapadera.

El logroñés encargado de «limpiar, fijar y dar esplendor a la democracia española» y Mario Conde lo negaron siempre. Pero veamos un dato, un solo dato que demuestra que siempre resulta más fácil cazar a dos mentirosos que a dos cojos.

El 28 de diciembre de 1993, el Gobierno decide intervenir Banesto y nombra a Alfredo Sáenz, Ildefonso Ayala, Marcial Porcela, Epifanio Ridruejo, Luis Abril, Matías Rodríguez Inciarte y a otros como administradores provisionales de la entidad financiera.

Fue por entonces, cuando el presidente de Unidad Editorial y presidente del comité paritario entre italianos y españoles que regía el periódico, Alfonso de Salas, pidió entrevistarse en secreto, que no se entere Pedro J. por favor,
con dos directivos del Banesto intervenido, Abril y Sáenz.

Venía a buscar los «vendis» del 45 por ciento de títulos que el grupo Rizzoli tenía por entonces en El Mundo. El que estos estuvieran depositados en Banesto demuestra sin ningún género de dudas que el grupo italiano de prensa había servido entre 1991 y 1993 de sociedad instrumental de Mario Conde para tener un periódico con el que negociar y otro con el que golpear al Gobierno.

* * *

Aznar, el hombre al que llevó al poder utilizando como ariete el «terrorismo de Estado», cuestión que ha envenenado las relaciones entre los dos partidos en esta materia hasta el punto de que el PSOE no dudó en emplear parecidos pero no idénticos métodos para ganar las elecciones en 2004, tras la masacre del «11-M», también fue víctima de su talante de periodista «mesiánico», acostumbrado a sobrevolar e imponer su santa voluntad a las instituciones.

El encontronazo se produjo a los pocos meses de llegar al poder, con ocasión de la decisión del Gobierno de no desclasificar los «papeles del Cesid». El día y la hora en que se divulgó la noticia, Ramírez estaba desayunando en Atlanta con el presidente del COI, Juan Antonio Samarach, y con el secretario de Estado para el Deporte, Pedro Antonio Martín Marín. Al conocer la información, Ramírez se puso hecho un energúmeno porque Aznar no hacía lo que él le ordenaba desde El Mundo.

─ Este tío se va a enterar ─ masculló el periodista refiriéndose al presidente, me cuenta el segundo del Cesid, el general Aurelio Madrigal.
─ Y vosotros, ¿cómo os enterasteis tan pronto? ─inquiero.
─ Por uno de los que estaba en el desayuno ─agrega Madrigal sin revelarme el nombre de Martín Marín hasta que yo le demuestro que conozco la historia.

A partir de ese día, el ínclito trata de resucitar la AEPI contra Aznar por negarse a poner en marcha la «regeneración democrática» en la cabeza de Felipe González. Con tal fin habló con Antonio Herrero, con Luis María Anson y con varios «opinion markers» más de la derecha. El autor trabajaba entonces en ABC y conoció todos los pormenores cuando Anson le llamó a su despacho para que se sumara al combate.

─ Pedro J. va a desenterrar el hacha de guerra contra el Gobierno. Esta vez nosotros no podemos quedar al margen porque nos come el terreno. Tenemos que investigar a los ministros para saltarles al cuello cuando El Mundo rompa las hostilidades.

Investigar a los ministros era, en realidad, investigar a Abel Matutes, ex comisario europeo y ministro de Asuntos Exteriores, sus negocios en Ibiza, la venta de su banquito y la compra de un pequeño porcentaje de una entidad italiana.

Pero Aznar, que acumulaba en su cabeza todo el saber de su abuelo Manuel Aznar ─ de quien se dice que entrevistó a todos los generales y políticos de la I Guerra Mundial para Euzkadi sin haber estado nunca en la contienda─ se puso en contacto con los dirigentes del grupo Recoletos y, por medio de Juan Villalonga, les pidió que le quitaran a su compañero de pádel el periódico «al precio que fuera».

Fue así como Juan Kindelan, Jaime Castellanos y Ana Patricia Botín, que aún no estaba al frente de Banesto, viajaron a Milán a comprar El Mundo con el dinero de Telefónica que era lo mismo que tirar con pólvora del Rey. Allí, tras entrevistarse con Claudio Calabi, el hombre que llevaba las relaciones con España, volvieron a Madrid sabiendo dos cosas.

Mario Conde había vendido ya su paquete de acciones a los italianos pero Pedro J. Ramírez seguiría mandando en el capital y en la dirección del periódico hasta 2004, en que finalizaba el «pacto de sindicación de acciones» Rizzoli-Unidad Editorial. Era a la vez Jesús Polanco y Juan Luis Cebrian del periódico de la calle Pradillo, fenómeno que solo se ha dado en la prensa en contadas ocasiones, con William Randolp Hearst o Josep Pulitzer por ejemplo.

Un poder que él esgrime para hacerse pasar por un periodista independiente y fanfarronear con que El Mundo no se casa con nadie lo cual es rigurosamente falso. Porque Ramírez es capaz de contraer nupcias o vivir en pecado mortal con quien sea siempre que él esté tres escalones por encima del Rey, del presidente del Gobierno o del más pintado. Lo suyo es como Maquiavelo o el Conde Duque de Olivares, mandar sobre los que mandan.

Las bodas de Ramírez con banqueros a los que trató de encarcelar, con empresarios como los dueños del grupo Barceló, de políticos al estilo de Eduardo Zaplana o Jaume Matas y otros, han dejado por ahora el terreno repleto de cadáveres de periodistas. Porque desde que escribió su libro Prensa y Libertad, en el que plantea el derecho de los empresarios a usar una especie de «cláusula de conciencia» a la inversa y despedir a los díscolos periodistas que cambien de ideología o, lo que es lo mismo, que no se acomoden a sus intereses, Ramírez ha empleado el «arco detector» para auscultar la mente de sus reporteros y columnistas decenas de veces. Jesús Cacho, Francisco Frechoso, Carmen Gurruchaga, Alfonso Rojo y otros muchos, que no se pliegan a su cambiante «chip moral», han sufrido las consecuencias.

Por eso hasta el mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero, que le ha convertido en uno de sus asesores áulicos, en uno de los «visitadores nocturnos» de La Moncloa, a quien le consulta hasta los cambios de Gobierno, precisa del Tribulete logroñés para no tener que pellizcarse la nariz y saber que es él quien manda.

Aupado al poder en precario, según cuenta Miguel Ángel Aguilar, desde 2004 «zetape» necesita que Pedro J. [el Gran Timonel oculto del Nuevo Socialismo] le otorgue todos los días la patente de demócrata, de la misma manera que Adolfo Suárez precisó en otra etapa que Juan Luis Cebrián le homologara desde El País. Por eso, el dirigente leonés aguanta lo que le echen desde el rotativo «líder mundial de la información en castellano» y se le ha oído blasfemar contra Ramírez de este tenor: «A Pedro J. si tengo que matarlo alguna vez lo mato. Pero a besos».

De donde se deduce que Zapatero, al igual que los GAL con el asunto de su trasero que convirtió en unos meses en cuestión de Estado, no deja de pensar que tal vez algún día tenga que asesinarle. Dulcemente, claro.

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